Aunque lo intento, hay algunas cosas que no logro entender. Una de ellas es la falta de comprensión de muchos -entre ellos políticos, medios de comunicación e incluso algunos segmentos de la comunidad judía- de la poco envidiable situación de seguridad que enfrenta Israel en su frontera con Gaza.

Hay algo que no puede recalcarse lo suficiente. Israel dejó la Franja de Gaza en 2005, permitiendo que sus habitantes se autogobernaran por primera vez en la historia, algo que ningún otro país hizo -ni siquiera Egipto, que ocupó el territorio costero hasta 1967.

De hecho, Israel fue más allá. Como señal de buena voluntad, el Estado Judío mantuvo intactos sus invernaderos e infraestructura agrícola, con la esperanza de que ayudarían al fomento de la economía de Gaza.

Pero ¿qué ocurrió?

En tan sólo unos días, los invernaderos fueron destruidos y saqueados por los residentes locales, que los dejaron en ruinas.

Y en el lapso de dos años, Hamás tomó el poder por la fuerza, expulsando a la Autoridad Palestina -o, en algunos casos, simplemente lanzando a sus representantes desde los techos de los edificios- y estableciendo un enclave yihadista, gobernado por la sharía.

¿Quién es Hamás?

A estas alturas, la respuesta debería ser conocida.

Sin embargo, no es así. Por lo menos a juzgar por la forma en que algunos reaccionan ante los recientes eventos.

Para ellos, Hamás es un símbolo de la “resistencia”, de los “oprimidos”, de los “ocupados”, de los que “no tienen poder”.

Esto, por supuesto, contribuye al guion de una historia maravillosamente conveniente y confortable -si Hamás representa a la “víctima” en esta saga, entonces Israel es el “villano”.

Después de todo, agregan, mira el número de víctimas. ¿Cómo puede estar la justicia del lado de aquellos que sufren menos bajas? ¿Cómo se atreven los israelíes a defenderse de forma tan “injusta”?
 



Por eso, las personas de las que estamos hablando, arropándose de pies a cabeza en un manto de virtud y empatía por el “débil”, se apresuran a criticar a Israel sin más.

Bueno, quizás esto sea conveniente, pero, emulando a Orwell, pone a la verdad de revés.

Para empezar, Hamás no es exactamente un proyecto de “paz y amor”. No se fíen de mi palabra. Seguro, quizás yo sea una parte interesada; aunque represento a una organización que ha dedicado las últimas tres décadas a viajar por el mundo árabe para ayudar a promover la paz en base a un acuerdo de dos Estados y construyendo los fundamentos para la cooperación entre musulmanes y judíos.

Basta con leer las declaraciones de los líderes de Hamás y echar un vistazo al estatuto de la organización. Las palabras son claras y escalofriantes. No hay nada ambiguo ni confuso en el texto.

Hamás busca la aniquilación de Israel, simple y sencillo. Le importa poco qué partido político gobierne en Israel. El problema de Hamás no es la política de Israel, sino su existencia.

Hamás es una extensión de la Hermandad Musulmana. Aspira a formar un califato gobernado por su interpretación de la ley islámica. Sus enemigos mortales son Egipto, con quien Gaza también comparte una frontera -aunque si ven las noticias ni se enterarían- y otros países suníes que se les cruzan en el camino.

Hamás no es amigo de la igualdad de las mujeres, los derechos LGBT, el pluralismo religioso, el Estado de Derecho o el disenso, y esto crea una gran ironía cuando observamos a muchos del mundo occidental que los festejan.

Hamás es una organización terrorista, así designada por Estados Unidos y la Unión Europea.

Hamás ha desperdiciado el futuro de la Franja de Gaza al desviar la ayuda internacional hacia la destrucción de Israel.

En vez de construir escuelas, infraestructura, plantas de tratamiento de agua o viviendas, Hamás asignó el preciado dinero a la fabricación de armas y al cavado de túneles que llegan a Israel para intentar secuestrar, mutilar y asesinar.

Y Hamás no duda en usar a las mujeres y los niños, enviándolos a la frontera con Israel, con la esperanza de crear incidentes sangrientos que los medios de comunicación difundan al mundo entero.

Precisamente, es eso lo que los medios han hecho con asiduidad -ofrecer imágenes del “poderoso” confrontando al “impotente” sin contexto ni explicación.

Díganme, por favor, ¿qué se supone que debería hacer Israel frente a un grupo terrorista que empuja a sus hordas a cruzar la frontera por la fuerza y las agita para que asesinen a todos los israelíes que se crucen en el camino?

¿Cómo debería reaccionar Israel cuando ese grupo celebra la muerte, a la vez que sabe que conseguirá la simpatía de muchos en occidente?

¿Qué haría cualquier otro país en los zapatos de Israel? Es muy fácil emitir comunicados puritanos desde la distancia, llamando a la calma, urgiendo contención, y votando resoluciones unilaterales que condenan ciegamente a Israel. Eso tiene costo cero.

Pero si tienen que enfrentar amenazas similares a las de Hamás en sus propias fronteras, ¿alguien duda de que correrán a Israel para buscar consejos sobre cómo manejar esta situación, cómo responder con firmeza y a la vez minimizar los heridos, y cómo garantizar la resiliencia de la población local que ha sido directamente afectada?

No tengo dudas, porque es eso lo que los europeos y otros han venido haciendo en años recientes. Mientras enfrentan cada vez más amenazas yihadistas, recurren a Israel para asesoramiento y capacitación. El mismo Israel al que con tanta frecuencia atacan cuando tiene que lidiar con peligros semejantes.

En nuestro mundo, escuchamos incontables mantras sobre la necesidad de “aprender las lecciones de la historia” y de “no repetir los errores del pasado”. Al final, sin embargo, ¿no terminan siendo simples palabras vacías de contenido?

Cuando miro con consternación cómo algunos responden ante esta situación, incluidos algunos legisladores estadounidenses, celebridades, comentaristas y líderes europeos, no puedo evitar recordar la asombrosa miopía de Walter Lippmann, el legendario periodista.

Esto es lo que escribió en el New York Herald Tribune en 1933, muchos meses después del ascenso de Adolfo Hitler al poder:

“Negar que hoy Alemania puede hablar como un poder civilizado, porque cosas incivilizadas son dichas y hechas en Alemania, es de por sí una forma de profunda intolerancia. Como toda intolerancia, delata una falta de sabiduría moral, en este caso la sabiduría moral de la visión religiosa que se interna en la naturaleza dual del hombre… Por eso el mundo hará un bien al aceptar la evidencia de la buena voluntad alemana y buscar por todos los medios posibles encontrarla y justificarla”.

Lippmann era judío. Su errónea lectura de la “naturaleza del hombre” en la Alemania totalitaria no fue única, pero demostró ser muy costosa.

Hoy, si realmente queremos aprender las lecciones de la historia, entender la naturaleza de Hamás es un buen comienzo.


David Harris es el CEO del Comité Judío Estadounidense (AJC, por sus siglas en inglés).

 

Written by

Back to Top